Honos 296. Cuidar el enjambre
La Reflexión
Cuidar el enjambre
“Un ser humano debería ser capaz de cambiar un pañal, planificar una invasión, matar un cerdo, gobernar un barco, diseñar un edificio, escribir un soneto, llevar las cuentas, construir un muro, entablillar un hueso, consolar a los moribundos, recibir órdenes, dar órdenes, cooperar, actuar solo, resolver ecuaciones, analizar un problema nuevo, echar estiércol, programar una computadora, cocinar una comida sabrosa, luchar eficazmente, morir con valentía. La especialización es para los insectos”. Robert A. Heinlein. Time Enough for Love.
Aprendí esta cita gracias a mi añorado Aitor. Últimamente la repito mucho. Supongo que no es la primera vez que aparece en Honos. Mi pésima memoria y las casi trescientas ediciones de la newsletter no maridan bien.
Lo que siempre me ha llamado la atención de esta cita no es que pudiera ser una defensa del hombre renacentista capaz de dominar todos los oficios, sino el esfuerzo que hace Heinlein por evidenciar que lo humano no se deja encerrar fácilmente en una sola función. Los insectos, sí.
Los insectos se llaman insectos porque Aristóteles los llamó así. Bueno, él los llamó ἔντομα (éntoma), que proviene de en (en) y témnein (cortar), es decir, “seres seccionados”. Los insectos parecen siempre divididos en partes: cabeza, tórax y abdomen. De “éntoma” nos llega “entomólogo”, por ejemplo. El latín simplemente calcó el término a “in-sectum”. Y de estar divididos en tomos pasaron a estar divididos en secciones. Un insecto es, literalmente, un ser seccionado en el cual cada segmento cumple su función. El tórax impulsa, el abdomen digiere, las antenas orientan. No hay ambigüedad en un insecto. No hay conflicto entre lo que es y lo que hace. Es pura especialización hecha cuerpo. La abeja —Aristóteles estaba obsesionado con las abejas— recolecta, la hormiga transporta y la termita excava. Cada una de ellas está admirablemente ajustada a su tarea. Tan ajustada, de hecho, que su vida entera queda definida por ella. La especialización, en ese sentido, es una forma de perfección… pero también una forma de clausura.
El ser humano, en cambio, parece condenado a una cierta desproporción. Sabe hacer muchas cosas, aprende otras tantas, y sin embargo, ninguna de ellas lo agota. No somos una función dentro del sistema. Somos, más bien, una intersección de posibilidades. De ahí que Ortega y Gasset dijera que los humanos no tenemos naturaleza, sino Historia y que no son nuestras necesidades las que nos impulsan a avanzar, sino nuestros deseos. Lo contrario de algo seccionado es algo íntegro. Si lo propio del insecto es la segmentación, lo del humano es la integridad.
Todo esto tiene para mí mucha relación con la distinción entre capacidades y competencias. Las capacidades son habilidades: saber programar, escribir, calcular, traducir… Son operaciones que pueden ejecutarse, destrezas que se pueden aprender, repetir, perfeccionar y, llegado el caso, automatizar. Las competencias, por otro lado, pertenecen a otro orden. No consisten tanto en poseer habilidades como en saber orientarlas. Elegir cuál usar, en qué momento, con qué propósito y dentro de qué límites y situaciones. La competencia es, en el fondo, una forma de juicio. Y ese juicio se parece mucho a lo que llevo varias Honos llamando criterio.
El matiz de distinguir entre capacidad y competencia es útil en cualquier caso, pero se vuelve aún más relevante en este momento histórico en el que estamos construyendo máquinas extraordinariamente capaces. Cuando hablamos de agentes de IA los definimos como “entidad capaz de…”, pero no como “entidad competente para…”. Un agente de IA posee capacidades. A veces muchas más de las que una sola persona podría dominar. Puede escribir código, resumir documentos, generar imágenes, analizar datos o sintetizar información con una eficacia que, en determinadas tareas, nos supera con facilidad. En ese sentido, el agente es un especialista. Un insecto muy sofisticado.
Los humanos no somos insectos porque, además de capacidades, tenemos competencias. Nosotros comprendemos, o tenemos la posibilidad de comprender, el contexto en el que nuestras capacidades deben desplegarse. Sabemos cuándo activarlas y cuándo suspenderlas. Sabemos discernir qué problema merece ser abordado y cuál conviene dejar intacto. Eso es gracias a algo que ninguna lista de capacidades garantiza por sí sola: criterio. Quienes diseñamos lo sabemos.
El diseño oscila entre dos imágenes que nunca terminan de convencernos del todo. Por un lado, la del especialista que domina con precisión quirúrgica una técnica concreta. Por otro, la del generalista difuso que se mueve por muchas áreas sin llegar a habitar definitivamente ninguna. Diseñar rara vez consiste en ejecutar una habilidad aislada. Diseñar implica escuchar, comprender, estructurar, imaginar, probar, construir, explicar. Implica dialogar con la tecnología, con el negocio, con la cultura y con las personas que habitarán aquello que se diseña. Implica, sobre todo, decidir continuamente qué capacidad es la adecuada para cada situación. Por eso el diseño es un acto relacional y no un acto centrado en la tarea, como muchos afirman.
A nuestro alrededor empiezan a aparecer cada vez más agentes especializados. Los hay que escriben código, los hay que escriben textos, los hay que pintan interfaces… Un pequeño enjambre de especialistas. Cada uno de ellos posee capacidades muy concretas y ejecuta su tarea con admirable eficacia. La tentación natural sería competir con ellos en su propio terreno: intentar ser más rápidos, más técnicos, más precisos. Aunque quizá esa no sea la partida que nos corresponde jugar. Si el mundo empieza a llenarse de especialistas artificiales, el valor de lo humano reside cada vez menos en la capacidad aislada y cada vez más en la competencia que sabe ordenar esas capacidades en un conjunto con propósito, sentido e intención. Nuestra tarea no es la de competir con los insectos, sino la de cuidar el enjambre. No insectos, sino apicultores.
Belleza, Libertad, Persona y Verdad
Si el mundo empieza a llenarse de capacidades (humanas y artificiales) el valor del criterio se vuelve todavía más importante. La filosofía, en el fondo, siempre ha sido una escuela de criterio: una forma de aprender a pensar con calma antes de actuar. Una forma de aumentar tus competencias.
Ese es el espíritu del curso que comenzaremos en mayo.
Los enlaces
→ Impeccable
No puedes pedirle “más ritmo vertical” a Claude si nunca has usado esas palabras. Impeccable le da al modelo el lenguaje de quienes diseñamos y a ti, los comandos para usarlo.
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Si alguna vez has oído esa frase en una empresa, sabes exactamente de qué va este artículo. Kike Peña, con casi dos décadas liderando equipos de diseño, desmonta las razones por las que los equipos de diseño son tan complejos de gestionar: promociones sin base, falta de fundamentos, tensión constante entre lo que el equipo quiere hacer y lo que la empresa espera. Su artículo es directo, sin autoayuda, y con mucho reconocimiento de por qué estas cosas pasan. A poco que lideres te das cuenta de que dice verdades como puños.
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Nada de Figma, nada de handoff, nada de mantener archivos de diseño. En este vídeo el equipo de diseño de Shopify explica cómo pasaron a prototipar directamente en código con Claude Code: los diseñadores tienen un playground que es un clon de lo que está en producción. Con esto, dictan prompts en lenguaje natural y capturas a Claude, la IA genera la interfaz funcional, y los ingenieros reciben una rama con el 80% del código listo para producción. Lo que antes duraba días ahora son horas. Tobi Lütke lo impulsó desde arriba, y se nota: cuando el CEO practica vibe coding, la cultura cambia entera.
→ Realismo perceptual
Creo a pie juntillas en el concepto de “realismo perceptual” que explica Stephen Prince en este vídeo. ¿Por qué algunas películas se sienten vivas y otras, no? La respuesta no está en los efectos prácticos ni en el celuloide, sino en lo que el teórico Stephen Prince llama realismo perceptual: una imagen se siente real cuando activa los mismos mecanismos sensoriales con los que navegamos el mundo cotidiano. De ahí la idea de la visualidad háptica —el ojo como órgano del tacto, capaz de percibir humedad, rugosidad, densidad material. Cuando la postproducción digital aplana esas texturas y borra el fondo en un mar de bokeh, no solo se pierde información visual: se corta el hilo físico entre la imagen y el cuerpo del espectador.
→ Los punzones de Baskerville
La Universidad de Cambridge tiene los punzones de acero originales con los que John Baskerville fabricó su tipografía en 1757 y acaba de publicarlos online con fotos en alta resolución y escáneres 3D interactivos. Ver de cerca el metal cortado a mano del que salió una de las tipografías más usadas de la historia tiene algo que ningún specimen PDF puede dar. De esos que abres y ya no puedes cerrar.
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El número #296 de Honos ha sido escrito mientras escuchaba:
De nuevo, silencio.
Se despide con una sonrisa honesta, Máximo, diseñador, aprendiz de newslettero y… aprendiendo a extraer miel.
¡Salud y diseño!


La metáfora del enjambre me parece especialmente potente para pensar el momento que estamos viviendo con la IA. En biología, los insectos sociales funcionan precisamente porque cada individuo es extremadamente especializado, pero el sistema solo cobra sentido cuando alguien o algún mecanismo coordina el conjunto.
Quizá algo parecido empieza a ocurrir ahora con la tecnología, cada vez aparecen más “especialistas” artificiales capaces de hacer tareas concretas muy bien y el verdadero valor humano empieza a desplazarse hacia algo más parecido a lo que comentas, el criterio para organizar, priorizar y dar sentido al conjunto.
Me gustó mucho también esa distinción entre capacidad y competencia, es una forma muy clara de explicar algo que a veces intuimos pero cuesta nombrar.
Resulta paradójico que, aun cuando la capacidad de articular y orquestar competencias apunta claramente hacia el futuro de la profesión, los procesos de selección continúen otorgando mayor peso a la evaluación de las capacidades. Genial la lectura de este domingo, Máximo.